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Rafael Peralta Romero
Un hombre de suerte
Ha sido Hatuey De Camps el más enfático, entre los líderes de opinión pública, al referirse a la dicha de Leonel Fernández en el campo político, sobre todo a partir de la forma en que consiguió la Presidencia de la República como candidato de la tercera fuerza política, en las elecciones de 1996.
Muchos jóvenes que serán votantes en 2004, como mi pequeña Helga Carolina, no recuerdan o quizás ignoran totalmente que hasta 1996 el doctor Fernández era un político desconocido que se desplazaba humildemente en su Volkswagen azul, y su modesto vivir no sugería que estuviera a la puerta de asumir la dirección del Estado y cambiar para el resto de su existencia su modo de vida.
En la reforma constitucional de 1994, el entonces presidente Joaquín Balaguer y el Partido de la Liberación Dominicana introdujeron el mecanismo legal para dificultar la elección del doctor José Francisco Peña Gómez como presidente de la República. La Constitución impedía a Balaguer repostularse y a Juan Bosch, líder del PLD, se le oponía la notoria disminución de sus facultades intelectivas. Comenzaba la suerte de Fernández.
Otros factores venturosos para Fernández, un abogado que se desempeñaba como discreto profesor universitario, es que Balaguer entendía que el candidato de su PRSC, Jacinto Peynado, no sería capaz de vencer al doctor Peña Gómez y en consecuencia lo prefirió, no obstante lo gordo y colorado. La trayectoria de lucha política del candidato del PRD lo llevó a enfrentar durante más de treinta años a Balaguer y su entorno. A esto se sumó la condición de negro de Peña Gómez. Fernández llegó así a la Presidencia, de la mano de Balaguer.
Una vez en el gobierno, tuvo la suerte de colocar en posiciones a todos los dirigentes y cuadros de su partido, dado que se trataba de un partido pequeño, y hasta de incluir a algunos miembros de la sociedad civil, que quiere decir: personas que desean gobernar sin participar en elecciones. Antes de terminar su gestión se celebró el congreso del PLD y le guardaron la presidencia del mismo. El ejercicio del poder le permitió subordinar a quienes fueron sus jefes en el partido morado. Y los llevó a proclamar: Ahora estamos mejor.
Manejó el Estado como quiso, gastó y repartió dinero hasta dejar una deuda de 25 mil millones de pesos. Nunca llamó a un concurso para la construcción de una obra pública y distribuyó sin empacho 1,400 millones en el llamado PEME, sin compromiso de rendir cuenta alguna. Alguna vez anduvo cabizbajo y externó su temor de que iría a la cárcel. Su suerte subió nuevamente cuando el presidente Hipólito Mejía advirtió a los servidores del ministerio público que no tocasen a los ex presidentes. Fernández fue el único beneficiado con esa amnistía.
En julio de 2001, cuando le preguntaron sobre sus planes si llegara de nuevo a la Presidencia, respondió: No sé si voy a la Presidencia o si voy a Najayo. Pero ahora dice sentirse seguro de que gobernará de nuevo. Jacinto Peynado y su coalición se encargarán de que la candidatura reformista de Eduardo Estrella no suscite el necesario entusiasmo. La división del PRSC es una expresión de suerte para Fernández.
El licenciado De Camps, otrora tipificador de la suerte de Fernández, se convierte en un reforzador de la misma. La retórica del presidente del PRD es el mejor recurso de campaña para el candidato morado. Otros dirigentes del PRD actúan como artífices junto a De Camps de la buena suerte de Fernández. Milagros Ortiz Bosch cuando dice que sólo con la ley de Lemas el PRD vence a Leonel Fernández.
En 1996, Leonel Fernández se sacó la lotería sin comprar billete. Fue como encontrar en la calle el que resultaría agraciado con el premio mayor. Ahora puede pagar muchos billetes y cuenta con pregoneros que se los llevan a su casa.
Siempre compartí el criterio de Hatuey De Camps cuando juzgaba a Fernández como el político más dichoso. Y me remontaba a la magnífica película del director británico Lindsay Anderson, actuada por Malcom McDowell (1973) cuyo título original era O lucky man, pero que aquí la vimos como Un hombre de suerte.
Lo que pasa en el PRD y en el PRSC reafirma que Leonel Fernández es realmente un hombre de suerte. Habría que ver, eso sí, qué destino espera en su futuro político, a aquellos que enrareciendo la atmósfera de sus propios partidos, aportan elementos para cortejar la suerte de Fernández. También falta por ver hasta cuándo le durará a éste la buena suerte.
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