del 21 al 3 de Febrero de 2004 • Edición número 1,336
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Acerca de miedo,
mentira y mal




Por Jacinto Gimbernard Pellerano.

Intentaremos señalar hasta qué punto el mal es producto del miedo. Si tratáramos de hacer un minucioso catálogo de males humanos, ordenados mediante el uso de cualquier discutible escala desvaloratoria, caeríamos en una tarea fatigosa para quien

Luis Medrano
lee y quien escribe, y sobre todo incurriríamos en un esfuerzo improductivo y falso. Vendría esto a ser como uno de esos catálogos de instintos en psicología, tan extensos y sinuosos que en 1924 L.L. Bernard, en una revisión de la literatura psicológica y sociológica descubrió unos catorce mil instintos.

Nos limitaremos, pues, a señalar ciertas malignas actitudes claves en las relaciones humanas. Actitudes que, a juicio nuestro, son las más frecuentes, dañinas y algunas aceptadas. Intentaremos descubrir si está o no en ellas, generándolas, la actividad punzante del miedo.

En primer lugar hurgaremos en la mentira, con sus diversos trajes y funciones.

Vayamos por partes.

El hombre es un ser gregario. Necesita compañía afectuosa.

Hemos hablado del impulso gregario, de la necesidad de compañía grata, afirmante y aprobatoria, para ubicar en su escenario la actividad de la mentira, con sus matices y tonalidades: falsedad, hipocresía y afines.

Se miente mayormente por miedo a las consecuencias que traería la expresión de nuestro verdadero pensamiento. Tememos decir lo que pensamos.

A menudo la mentira se produce a consecuencia del súbito estallido de miedos ocultos, agazapados en las interioridades del ser humano. Es esta la mentira con la cual nos tropezamos cuando ya tiene la corporeidad sonora de la palabra pronunciada y hasta nos sorprende su presencia registrada por los oídos.

Se produce a tal velocidad, que el sujeto se percata de la mentira cuando ya está dicha.

Pero también están las mentiras, actitudes hipócritas, falaces, que son procesadas conscientemente, envueltas en argumentos justificatorios para quien las elabora. El miedo genera mentiras externas e internas. El sujeto se miente a sí mismo para justificar la urdimbre mentirosa. La capacidad humana de autoengaño es uno de los grandes males producidos por diversos miedos, encabezados por el temor a verse tal cual se es.

El miedo fabrica el utilitarismo y éste, a su vez, fabrica la mentira, la actitud hipócrita.

El utilitarismo, la ambición (no la aspiración) accionante, es búsqueda de seguridad, miedo a carecer de seguridad en lo futuro.

Como ese miedo no se adormece nunca, aún los potentados que poseen riquezas que bastarían para vivir cómodamente el resto de sus vidas, siguen actuando a impulsos del miedo a que se escurran y agrieten, a fuerza de secas, las fuentes de su seguridad.

A causa de que mientras más se tiene más se puede perder, el miedo de los poderosos es mayor que el de los débiles. Por consiguiente el aparato mentiroso de los poderosos es más grande y fuerte que el de los débiles.

El sistema social ya está fundamentado en la mentira. Por aceptarlo así, con todo lo de trágico que tiene, Dostoyesvski, el ruso, gigante de la literatura decimonónica, escribió en su Diario de un Escritor, que “la delicada reciprocidad en el mentir es casi la primera condición de la buena sociedad”.

Y es que la sociedad está fundamentada en la mentira como consecuencia de su fundamentación en el miedo.

Todas las personas tienen activos elementos negativos en su personalidad –antivalores – fácilmente detectables. Tenemos miedo de las desagradables consecuencias que traería el que se expresara verazmente la impresión que causan esos antivalores: la opinión pública proclamada, monda y lironda.

Sin aliños, afeites o aderezos.


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