del 7 al 20 de Enero de 2004 • Edición número 1,335
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Las guerras de ahora



Por Sergio Forcadell

Digan lo que digan, las guerras ya no son como antes. Frente al proceso imparable del acopio y el uso de la tecnología bélica se han convertido ya en algo tan ”ligth”, como las colas, las mayonesas o los tabacos, que a fuerza de quitarles calorías, sodio, carbohidratos y otras sustancias, ya no saben más que a tayota hervida sin sazonar. Ahora, y ante las diferencias de fuerzas entre los contendientes, hace que las confrontaciones bélicas sean de un todopoderoso Goliat contra un pobre David andrajoso, que no puede vencer nunca puesto que no posee recursos ni para tener literalmente la honda del relato bíblico. Así las cosas, no ha habido más remedio que suavizar el viejo y estúpido asunto de pelear unos países con otros. Fijémonos bien en el caso de Afganistán o de Irak. Cuántos muertos han costado la conquista de territorios enormes y poblaciones de muchos millones de habitantes, algún que otro centenar de muertos y heridos. Una chilata de bajas si se miran fríamente los resultados obtenidos. Se acabaron los radicales y se controló el petróleo.

Saben cuántos ingleses murieron bajo las ametralladoras turcas en el intento de tomar Gallipolis en la Primera Guerra Mundial, nada menos que unos dieciocho mil en unas pocas órdenes de asalto. ¡Y no la tomaron! Cuántas películas no se han hecho hasta el momento en un intento por mitificar la crudeza y el sufrimiento de Vietnam, donde algún que otro pelotón de rubios con un moreno o un latino, bien alimentados, con cervezas, con revistas Playboy, marihuana a discreción, tiene ocho o diez bajas en una serie de emboscadas en las selvas o pantanos.

Vietnam fue una guerra que sólo le costó a los gringos cincuenta y tantos mil muertos, repartidos en un par de décadas. Solo las víctimas mortales en accidentes automovilísticos en USA rondan esa misma cifra en un solo año. Entonces, ¡de qué guerra se habla tanto! En el llamado desastre de Anual, en 1928, los españoles por una orden descabellada del general Valverde perdieron en una emboscada y en un solo día, dieciséis mil soldados en el norteño Rif marroquí. ¡La tercera parte de los muertos en Vietnam en un solo día¡ Esas eran guerras para presumir de bajas!

Lío muy serio

Cifras de respeto son los 6 millones de judíos exterminados por los nazis. Los 27 millones de rusos muertos por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Los casi dos millones de contendientes de Francia, Inglaterra y Alemania que se mataron defendiendo unas estúpidas trincheras a lo largo de una veintena de kilómetros durante la primera gran guerra. Francia e Inglaterra tuvieron un lío muy serio en la llamada Guerra de los Cien Años, casi un siglo halándose las greñas a ambos lados del canal de la Mancha. ¡Qué es eso de que una guerra dura en estos tiempos actuales dos o tres semanas! ¡Un verdadero relajo! Pero el cuento ya no es el mismo. Ahora se ataca a un país y ya se calculan de antemano los que van a volver empacados en una funda plástica negra. Como son tan pocas las bajas, a cada soldado muerto se le saca por televisión en un alarde noticioso, se le condecora, se entrevista a la viuda, a los familiares, a los acreedores, a quien sea, con tal de intentar humanizar el asunto.

Ahora, a una soldado rubia la hieren, aunque sea en el amor propio, y le hacen un tremendo acto de reconocimiento, medallas, banderas, honores, salvas al aire. A dos soldados los toman prisioneros y cuando los rescatan a los pocos días son casi tan famosos como si de estrellas de cine se tratara. Seguro que ya habrán firmado por un guión cinematográfico y por un best seller que producirá uno buenos millones en pocos meses.

Para colmo del ridículo, los muertos se cuentan como si fueran fichas de un ábaco. Ya van doscientos cincuenta y tres, a la semana siguiente ya son doscientos cincuenta y ocho. Y la gente dice asombrada, ¡les han matado un centenar de soldados desde que acabó la guerra, a este paso se van a retirar! Seamos serios, eso ni son guerras ni son nada. Son puras parodias si las comparamos con las de antes.

Para otro colmo, se da una serie de situaciones de lo más ridícula. Se explica por televisión cómo va ser la campaña, que si le van a invadir por aquí o bombardear por allá. ¡Más respeto, por favor, el enemigo es débil pero no es tan estúpido, no lo humillen así! La guerra aún no ha terminado y ya están pensando en cómo va ser el próximo gobierno que van a imponer, en cómo reconstruirán el país. Se televisan las batallas en directo y en vivo compitiendo con el rating de cualquier novela lacrimógena, se enfocan la sangre y los cadáveres.

Los fotógrafos de guerra, con tal de tener la mejor noticia o ganar un premio, están siempre más adelante que los mismos soldados entre las balas o las bombas, los medios con su opinión tan determinante tienen ya más poder que los altos mandos estratégicos. Y por si fuera poco el rosario de estupideces; se van haciendo encuestas tras encuestas a ver lo que un tal John Smith, de Alabama, o una tal Anne Harper en Colorado opinan a millares de kilómetros del teatro de operaciones.

Etiopía

La sensibilidad del público es hoy día tan primordial para el inicio y transcurso de la guerra, que los norteamericanos abandonaron Etiopía sólo porque los nativos arrastraron por las calles los cadáveres de algunos soldados muertos en una emboscada y el acto fue retransmitido por televisión.

¡En las guerras de antes no pasaba nada de eso! No entrevistaban a nadie, no les preguntaban nada, se los llevaban como ganado apretujado en trenes o convoyes, y si al soldado se le ocurría cuestionar para qué luchaba, lo más leve que le hacían era fusilarlo tres veces.

A la guerra se iba para no volver, o a contarlo con un brazo o un ojo menos. O a consumirse preso largos años en campos de concentración. A la guerra se iba a matar lo más que se pudiera, a pasar hambre, a infestarse de piojos, a dormir en el suelo, a congelarse en las estepas, a degradarse como ser humano. Como debía ser. ¡Y qué relajo es éste de ahora!

Sobre los vencidos ya es otra cosa, porque la historia se escribe con los bolígrafos ganadores, algún millarcito que otro de muertos, las infraestructuras estratégicas destrozadas, algunos barrios bombardeados, eso sí, siempre por error. Pocas víctimas relativamente, además esos pobres desarrapados están ya acostumbrados históricamente a ser masacrados por decenas de millares y nada menos que por sus propios dictadores.

Y hablando de conflictos, no vengan por nada del mundo a buscarme para ir a pelear, porque como decíamos al comienzo, las guerras ya no son como antes.


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