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Liter[a]tura
Lances amorosos de la Princesa de Jade

Por Franklin Gutiérrez
En Carnaval de Sodoma, la más reciente novela de Pedro Antonio Valdez (Alfaguara, 2002), los personajes, compuestos esencialmente por santos y demonios camuflados, acuden al Royal Palace, un burdel de mala muerte disfrazado de casa de té, en busca de algún tonificante que calme sus apetitos sexuales e ilumine el túnel sofocante y tedioso donde los ha internado la rutina diaria. Esa condición de expendio de satisfacción sexual convierte al Royal Palace en el lugar escogido por un chupador insaciable de vino caliente, un poeta frustrado, un inspector aprovechado y un cura perverso vestido de mandarín, para saciar su furia carnal en la retaguardia de la Princesa de Jade, una joven bella y exótica transportada por Valdez desde el medioevo chino hasta La Vega Real contemporánea, y que simboliza, según su creador, el encuentro absoluto con el amor.
La Princesa de Jade es un personaje ambivalente que, por un lado, honra la pureza, resistencia y permeabilidad del mineral que la nombra, como confirma el epígrafe del capítulo V que narra su encuentro con Tora: Su alma tiene la ternura de los ríos otoñales y de jade hicieron la pureza de sus miembros (96) y, por el otro, alimenta las ilusiones y la perversidad de quienes buscan en ella la fuente insaciable e ilusoria del placer. Cuatro son los encuentros de la Princesa con sus amantes. El primero es con Pez Tigre Balón [Tora], un comunista desilusionado y arrepentido llegado sorpresivamente a la ciudad donde mora la Princesa, cuya habilidad para los menesteres amorosos supera las prácticas sexuales tradicionales de los China clásica, ancestros de la Princesa. La acción se desarrolla en el reinado Shao Ding (1228-1233) de la dinastía Song, que mantuvo la hegemonía política en China entre 920 y 1279. El segundo es con Edoy Montenégodo [El poeta], un versificador frustrado, incapaz de escribir dos versos digeribles y agradables al oído humano, pero con aire de aeda importante y triunfador, y ocurre en el reinado de Ching Yu [1034-1037], de la misma dinastía Song. El tercero es con Travolta [El inspector], un forastero desaliñado, con aspecto de orangután, quien pregona el valor afrodisíaco y poético de los melones pero, al mismo tiempo, es un excelente modelo de corrupción y chantaje. Este tiene lugar en el mandato de Hung Chih [1488-1506], de la dinastía Ming. El cuarto es con el padre Ponciano, el consejero espiritual y distribuidor del pan divino del pueblo, a quien los parroquianos crédulos confiesan semanalmente sus pecados. A diferencia de los tres primeros encuentros acaecidos en tiempo histórico real entre 1034 y 1506, de las dinastías chinas ya referidas, el cuarto ocurre en la Vega Real de la segunda mitad del siglo XX, frente a la catedral, justamente en el otrora prestigioso Royal Palace, donde a principios del siglo XX se reunían los más excelsos miembros de la alta sociedad vegana.
Jade y sus pretendientes
Cuatro elementos comunes enlazan entre sí los encuentros de la Princesa de Jade con sus pretendientes: a) la presencia de la sierva Tu para arreglar las citas entre los amantes, b) el uso del cinturón de castidad, cuya función es preservar la virginidad de la codiciada Princesa, c) la presencia de un jardín de oro, escenario ideal para los lances carnales y, d) el compromiso matrimonial, previamente arreglado por el padre de la Princesa, que la conmina a rechazar cualquier proposición amorosa extraña. Se trata de cuatro recursos propios de la literatura medieval empleados en su justa dimensión. Aunque precisa señalar que Edad Media es una denominación de factura occidental usada por los europeos para referirse al periodo de la historia comprendido entre el 500 y el 1500 aproximadamente, que difiere sustancialmente de la historia china de esa misma época, debido a la complejidad y lentitud de la evolución social de este país oriental. Empero, hay coincidencias temporales entre los reinados de las dinastías Song y Ming (960-1644) y la Edad Media europea (500-1500).
Tu, en su rol de alcahueta y celestina, es una mujer calculadora y parsimoniosa encargada de ablandar el corazón de la Princesa a cambio de unas cuantas monedas provenientes de los futuros amantes de su ama. Su avaricia jamás flaquea cuando descubre que la belleza de la Princesa tiene el corazón de alguien a punto de fenecer. Ella sabe que la Princesa no será deshonrada porque la protege un cinturón de castidad expresamente diseñado para desvanecer cualquier intento de sus pretendientes de arrebatarle la fruta codiciada. Por eso rechaza las ofertas de melones, poemas y otras baratijas por sus servicios celestinescos y no siente remordimiento cuando solicita mil monedas de plata a Tora, mil onzas de plata al Poeta y dos mil onzas del mismo metal al Inspector, para mediar entre ellos y la Princesa. De lo que sí se asegura es de vigilar cada encuentro de su ama para que la infidelidad quede, como secreto de guerra, entre los amantes y ella.
La presencia del cinturón de castidad en Carnaval de Sodoma es vital tanto para la Princesa como para el autor, ya que a la primera le permite disfrutar plenamente el sexo sin dejar huellas visibles de su infidelidad y al segundo, preservar el misterio de este personaje escondido casi totalmente hasta el final de la obra. El cinturón de castidad ganó popularidad en la España medieval al ser aplicado a las mujeres de los cruzados cuando éstos partían a las guerras santas y querían salvaguardar la fidelidad de sus esposas. Sin embargo, varios siglos antes los romanos, argumentando que la actividad sexual debilitaba demasiado la fuerza física del hombre, colocaban a sus atletas y gladiadores un objeto llamado fíbula, semejante a un cinturón de castidad, para evitar que éstos tuvieran sexo tres días antes de las competencias. Pese a que en la actualidad su uso ha disminuido considerablemente, hay tribus como la Malí, en Africa, donde este objeto es sustituido por la costura directa del órgano sexual de la mujer cuando el marido se aleja del hogar por mucho tiempo. Pero también hay cinturones de castidad supermodernos, como los fabricados por las compañías norteamericanas Access Denied, Tollyboy y Walter Goethals, cuyos precios oscilan entre $375 y $800 dólares y están diseñados especialmente para juegos eróticos y actividades masoquistas, casi siempre aberrantes. Incluso, existen centros sofisticados de prostitución donde los clientes al contratar los servicios sexuales de una mujer reciben dos llaves, una para ingresar a la habitación y otra para abrir el cinturón de castidad de la dama que lo espera sobre la cama.
En un artículo titulado Historia del cinturón de castidad, Gregorio Moral expresa: El cinturón de castidad más sutil y bello que conozco es el descrito por el Arcipreste de Hita en su Libro de buen amor: Don Pitas Payas se marcha a Flandes y, para guardar la castidad de su joven esposa, le pinta un corderito bajo el ombligo. Transcurre tanto tiempo que ésta, para saciar sus ardores, se ve obligada a echarse un amante y, con el consiguiente y continuo ejercicio, se le borra la pintura. Al cabo de dos años recibe el aviso de que don Pitas Payas regresa. Asustada, se hace pintar otro cordero por su amante, que se pasa en el tamaño. Cuando el marido va a folgar con ella, se apercibe del cambio y pregunta: ¿Cómo, madona, es esto? Ella le responde con desparpajo: ¿Petit corder, dos años, no se ha de hacer carner? Si no tardaseis tanto, aún sería corder.
Pese a que el cinturón de castidad de la Princesa de Jade priva a Tora, el Poeta y el Inspector de llegar hasta la manzana prohibida, ellos se las ingenian para salvar dicho obstáculo e ingresar por la parte trasera del jardín peludo de su pretendida. Tora es el que menos dificultad tiene para lograrlo, pues sus caricias, a punta de dedos y lengua, llevan a la Princesa a tal grado de excitación que ésta apenas alcanza a cubrirse el triángulo del deseo con las manos, mientras él penetra su estaca de jardinero, con firmeza, arrastrando hacia el fondo de la tierra otrora virgen los pétalos destrozados (108)
Para el Poeta y el Inspector la posesión de la Princesa parece, en principio, más engorrosa pues cuando acuden a sus respectivas citas la encuentran con la fruta del placer encadenada y ellos, además de no poseer las llaves para dejarla al descubierto y extraerle el jugo apetecido, desconocen el arte de la cerrajería. Pero la audacia de jabalí mundano del Poeta y su habilidad para refugiar su espada en cualquier hueco, lo ayudan a complacer a la Princesa con la misma eficiencia que si la hubiera embestido de frente. El Inspector, en cambio, empeñado en disimular su torpeza en el desvelamiento de zonas traseras, clava a la Princesa sin mucha vacilación. Los encuentros ocurren en escenarios paradisíacos, de vegetación abundante, flores exóticas y arroyos cristalinos, semejantes a los del locus amenos medieval y renacentista y a los paisajes fabulosos y deslumbrantes de Cipango y Catay donde, según Marco Polo y Pierre d'Ailly, había enormes gigantes, oro y plata en abundancia y grandes cantidades de perlas y piedras preciosas. Ese escenario donde se producen los combates amorosos, denominado por Valdez Jardín de oro, más que un espacio físico terrenal funciona como un espacio idealizado al que, pese a estar ubicado en la segunda planta del Royal Palace, escasamente pueden penetrar aquellos que como Tora, el Poeta y el Inspector conciben el amor como un acto liberador donde las preferencias sexuales se pluralizan.
Es esa idealización del amor prohibido la que posibilita a la Princesa de Jade violar los acuerdos matrimoniales previamente establecidos por su padre. Cosa imposible en la realidad social de la época en que transcurre la historia, tanto en Oriente como en Occidente, donde los padres elegían los esposos a sus hijas y decidían las fechas de los casamientos, buscando siempre sacar ventajas políticas, sociales y económicas de dichos arreglos; mientras los hermanos y las criadas se convertían en vigilantes celosos de las jóvenes en edades casaderas, para evitar que éstas protagonizaran actos bochornosos que pudieran perjudicar la integridad y la moral familiar.
Un encuentro amoroso
Lo interesante es que la Princesa de Jade disfruta al máximo, y sin dejar huellas, cada encuentro amoroso y al final despide al amante de turno con un Entonces estás perdido (100, 240, 351), lo cual es un mal presagio para ellos. Entre tanto, Tora, el Poeta y el Inspector terminan derrotados y frustrados al no percatarse de que aquella mujer sólo era una imagen que volaba con las alas de las alucinaciones (186). Es sólo al momento de abandonar el jardín de oro donde mora la Princesa, y descender a la primera planta del pestilente burdel cuando se enteran de que están en el mísero Royal Palace, un lugar donde los veganos ahogan sus penas y se revuelcan en la manteca y las arrugas de un grupo de prostitutas y homosexuales que han perdido la fe hasta en ellos mismos.
A esta altura de la historia Tora, el Poeta y el Inspector deben considerarse afortunados todavía. Pues si la sentencia Entonces estás perdido repetida por la Princesa al final de cada encuentro los desalienta, el más desafortunado es el padre Ponciano, ya que en su encuentro con la hermosa y codiciada Princesa de Jade se descubre que esa mujer atractiva y exótica, que espera a sus amantes sobre el césped de deslumbrantes paisajes orientales situados al borde de caudalosos ríos y arroyuelos, no es más que Changsán, el degenerado y famélico chino dueño del lupanar más miserable del pueblo, confundido entre las prostitutas de su negocio para ocultar su bisexualidad. Y peor aún, que la vigilante de cada encuentro de la Princesa con los clientes del Royal Palace es Lu-shi, su fiel esposa, la misma que, ignorando las ratas, el calor y las moscas del burdel, sirve a los clientes la bebida mágica, extraña y enloquecedora que los llevará a la cama con el chino.
Sorprende que sea el padre Ponciano el elegido para destapar la olla de la verdad. Pero tiene que ser así, pues de otro modo la crítica social perseguida por Valdez en Carnaval de Sodoma no tendría igual efecto si en lugar del padre Ponciano, educado supuestamente para orientar a las almas en peligros de extinción, fueran Tora, el Poeta o el Inspector quienes desataran el misterio de la supuesta Princesa. Sobre todo, porque éstos son asiduos visitantes del cabaret y cuando se emborrachan o endrogan poco les importa irse a la cama con la China, Maura, Mónica, Delia o la gata Yara, la caza ratas del burdel, como lo habían hecho incontables veces. Los lances amorosos de la Princesa de Jade son la arteria comunicante de toda la historia, y el Royal Palace el escenario donde germina el morbo que estimula los arrebatos sexuales de muchos veganos de diferentes niveles sociales. También es el refugio económico de un grupo de mujeres (Ángela, Maura, Delia, la China, Mónica) cuyo final es, como la Eréndira garcíamarquiana, el descalabro físico y moral. Asimismo, el Royal sirve para desaforrar la conducta de la máxima autoridad del pueblo, el Presidente Municipal, quien atraído por las delicias sexuales de la ramera Mónica termina mudándose con ella en el burdel. En la periferia del lupanar, entre tanto, están el padre Cándido, regente de la catedral vegana situada justamente frente al Royal Palace, cuya candidez queda en entredicho al comprobarse que su interés por ganar la santificación supera su contribución a la sanidad del alma de sus adeptos; también los policías corruptos, los periodistas sobornables, la vulnerabilidad de las autoridades municipales y los inspectores chantajistas siempre prestos a convertir el dominicanismo macuteo en una defensa personal incorregible. Finalmente están las señoras encopetadas de la alta sociedad vegana para quienes el Royal Palace es una jaqueca permanente y la peor vergüenza del pueblo. A todos ellos, por ensuciar y falsificar la patria, va dirigido el carnaval de Valdez.
Obras consultadas
Cantarino, Vicente. Civilización y cultura de España. New Jersey: Prentice Hall, Inc, 1995.
Valdez, Pedro Antonio. Carnaval de Sodoma. Santo Domingo: Editora Alfaguara, 2002. |
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