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Músic[a]
La vida es un bolero
Por Antonio Gómez Sotolongo
Tristezas. A todos nos llegan alguna vez, nos asaltan en todas las culturas, en todas las edades, y Pepe Sánchez, un trovador santiaguero, quien vivió entre 1856 y 1918, les cantó de una forma inédita en su época. En 1883, en Santiago de Cuba, a las tristezas les compuso un bolero.
Cuba, por su historia y por sus habitantes, está condenada a ser crisol de músicas. En su territorio cada sonido tuvo significado durante los últimos cinco siglos. Los músicos cubanos, verdaderos alquimistas, absorben, sintetizan y recrean la cultura musical universal, produciendo obras que siempre encuentran adeptos y detractores, pero nunca indiferencia.
Antes de que Cuba tuviera su primer periódico o su primer teatro, había ya, en la Catedral de Santiago de Cuba, un compositor tan notable y enterado como Esteban Salas. Así ilustra Carpentier una de las causas históricas del lujurioso devenir musical en la isla, a la que un día también llegaron el bolero como una forma danzaria en compás de 3&Mac218;4, la canción napolitana, las arias de óperas, la canción española y el cinquillo de Saint Domingue, y se sintetizaron en un modo de cantar diferente.
José Pepe Sánchez creó un tipo de canción distinta, con un sabor cadencioso y dolorido, en compás de 2/4, una canción que juguetea con la regularidad rítmica del cinquillo y que tomó del bolero español el nombre.
Durante los primeros años del siglo XX llegaron a La Habana muchos de aquellos trovadores que en Oriente hacían boleros, y así comenzó a difundirse el género con más fuerza por todo el país. En 1906, en La Habana Vieja, se estableció la primera agencia Victor para la distribución en América Latina de fonógrafos y discos. Allí comenzaron a grabar los primeros músicos cubanos, y en 1922, con la aparición de las primeras emisoras radiales, el bolero continuó su expansión a pasos acelerados y comenzó a escucharse en vivo en otras regiones del Caribe.
El son, que llegó a La Habana desde Santiago de Cuba en las primeras décadas del siglo XX, acaparó la atención del público y compitió con el bolero. La gran popularidad alcanzada por agrupaciones que interpretaban el son como Trío y el Conjunto Matamoros, y la necesidad constante de los músicos de ganarse el favor del público acercaron los dos géneros y comenzaron a aparecer los primeros boleros soneados y luego el bolero son. Lágrimas negras, de Miguel Matamoros, es un bolero al que en su parte final se le incorpora un montuno o estribillo y es el primer ejemplo documentado de este género de la música cubana.
La maleabilidad del bolero le permitió también su entrada en el danzón. Aniceto Díaz abrió la puerta cuando en la noche del 8 de junio de 1929, en la Sociedad Casino Español de Matanzas, estrenó su danzonete titulado Rompiendo la rutina, en el que se agregó al danzón una parte cantada.
Más adelante esa sección se amplió y dio paso al danzón cantado en el que se interpretaban canciones completas. Esta nueva modalidad del danzón tuvo intérpretes inolvidables y aparecieron temas que quedaron inscritos para siempre en la memoria musical; entre ellos, Pensamiento, de Rafael (Teofilito) Gómez, una pieza que Barbarito Diez interpretó como nadie.
La moda del danzonete fue efímera, pero permitió que el bolero penetrara en la charanga y que ésta, como formato instrumental, se mantuviera en la preferencia del público, la que había decaído ante la fuerte competencia de las agrupaciones soneras. Por ese camino el bolero llegó a todos los géneros que aparecieron de la evolución del danzón, entre ellos el cha-cha-chá, de Enrique Jorrín, y el mambo, de Israel y Orestes López. El bolero-cha y el bolero-mambo aparecieron como una consecuencia lógica.
Compositores de gran rigor académico como Rodrigo Prats, quien se desempeñó como director sinfónico, violinista y autor de varias zarzuelas compuso, entre otras, la criolla-bolero una Rosa de Francia; el imprescindible Ernesto Lecuona, uno de los músicos más versátiles y prolíficos que tiene la música cubana, escribió páginas antológicas entre las que están Noche azul, Aquella tarde y Siempre en mi corazón; y Gonzalo Roig, otro de los grandes músicos académicos de Cuba, quien junto a E. Lecuona fundó en 1922 la Orquesta Sinfónica de La Habana, creador de Cecilia Valdés, una de las zarzuelas cubanas más importantes en la historia del género, escribió también boleros que adquirieron gran popularidad, entre ellos su memorable Quiéreme mucho.
El bolero llegó a la década del cuarenta y sirvió de fuente para el denominado movimiento del filin, un grupo de compositores que penetrados por las armonías de los impresionistas franceses, filtradas por el jazz norteamericano, hicieron una nueva canción e interpretaron de una manera diferente la canción cubana. Cesar Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Luis Yánez, y muchos otros, crearon obras que trascenderían en el tiempo.
Durante toda la segunda mitad del siglo XX el bolero se mantuvo saludable, autores clásicos y noveles se grabaron una y otra vez. En América el bolero encontró infinidad de cultores y un mercado inagotable, una lista enorme de creadores cantaron al amor y al desamor, una lista de grandes artistas en la que Benny Moré merece capítulo aparte.
Bartolomé Moré es un caso extraordinario en la música cubana, su musicalidad y destreza para cantar cualquier género le ganaron el artístico nombre de El Bárbaro del Ritmo, pero como buen conocedor de las penas del alma, a ellas les cantó como nadie.
El cine, la radio, el teatro, la televisión y la industria discográfica contribuyeron a expandir el bolero grandemente, pero uno de los medios que con más eficacia lo difundió fue la victrola, un tocadiscos tragamonedas que se diseminó por bares y cantinas con los éxitos del momento.
En 1997 el mercado del disco recibió la pieza Buena Vista Social Club, que incluye catorce piezas clásicas de la música cubana, y entre ellas tres bellísimos boleros: Dos gardenias, de Isolina Carrillo, que interpreta Ibrahim Ferrer; Y tú ¿qué has hecho?, de Eusebio Delfín, que canta Compay Segundo; y Veinte años, de María Teresa Vera, en la voz de Omara Portuondo. El disco mereció un Grammy por su excelente contenido musical y en las postrimerías del siglo XX reafirmó la popularidad del bolero cubano en los mercados internacionales.
El siglo XXI, el futuro de ciencia-ficción que nos vaticinaron, está aquí; sin embargo, no somos ni tan científicos ni tan ficticios, hoy como ayer tenemos las mismas tristezas, de tal modo que el bolero goza de juvenil vigor. Compositores como Francisco Céspedes, quien es además un magnífico intérprete, cautiva con sus boleros y vende millones de copias de sus discos compactos; baladistas de enorme fama como Luis Miguel o Julio Iglesias incluyen en sus discos los boleros de César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, del propio Céspedes, y otros clásicos del género. Placido Domingo, El Rey de la Ópera, uno de los más famosos tenores del siglo XX, alcanzó un rotundo éxito en 2002, en las postrimerías de una larga y rutilante carrera, con un disco de boleros que lleva el título de Quiéreme mucho, la pieza antológica de Gonzalo Roig.
Hoy, como ayer, las tristezas nos asaltan en cualquier encrucijada y sentimos la irresistible necesidad de cantarles un bolero. |
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