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Literatur[a]
De Guacanagarix y otros complejos

Por José Bobadilla
Sin duda la insularidad nos ha afectado en todo. Contra el hecho de haber estado en medio de la ruta elegida por Colón para el encuentro de un mundo mayúsculo, nuestra historia desde el destino que fuera el pasado hasta un hoy que nos define no ha sido otra cosa que el recuento de una larga miseria. Las razones huelgan, ya que cualquiera las conoce, con el agravante de que las mismas generan una actitud que nos destruye cuando podría ser lo contrario, ya que al conocer lo que no hemos logrado sólo debería servir para alimentar con buen pie la ambición de lo que deberíamos ser.
¿Quién puede negar que desde un comienzo España misma nos abandonó a una especie de limbo que no fue otra cosa que un contumaz olvido, hasta el punto de convertirnos en presa de todo el que nos quisiese robar? Ciertamente, tampoco España podía hacer otra cosa, como resultado de trágicas arritmias en su largo pasado. Así entró probando suerte Francia y buscó la manera de hacerlo Inglaterra, concluyendo en el desastre histórico que ha resultado Haití, y en el rosario de heroicas calamidades que hemos sido los dominicanos, ante la mirada incólume de los amigos y de los enemigos, con la actitud viciosa de auto negarnos cuando por asomo avizoramos las excelencias de un mundo ajeno, tantas veces de relumbrón en las propias narices.
Sin embargo, la República Dominicana (prefiero Quisqueya) también ha sido y es lucha enconada de sus mejores hombres por afirmarse en sí misma, por construir la imagen trascendente de un yo, que es como tal, propio y único, la necesidad de elevar al rango de lo eterno el particular perfil de su identidad que de cualquier manera existe.
Pero hay que considerar dos problemas. El primero: la realidad incontrastable de nuestro desarrollo; y en segundo término la calidad moral de nuestros protagonistas, que en el caso que nos ocupa llamaríamos los héroes culturales.
No veo ningún crimen en reconocer que nuestro arte no haya alcanzado un grado de madurez que pueda exhibirse a la altura de categoría universal digna del más amplio encomio. ¿Significa eso que entre nosotros no haya nada? Desde luego que no. Y contra un juicio radical, es justo afirmar que sí existen muestras aceptables, y en su contexto excelentes, de logros que bien pueden situarnos, si no en lo deseable, por lo menos y con decencia dentro de lo que ha sido posible. Todos sabemos que no contamos con ningún Aristóteles o un Miguel Ángel. Para nadie es un secreto que nuestra música carece de una obra distinguible como la de Bach o Beethoven. Que en nuestro presente ni en nuestro pasado a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer ni por asomo comparaciones con reputaciones indiscutibles como las de Goethe, Faulkner o Borges.
Pero en lo poco y tan arduamente conseguido ¿conoce nadie lo que hemos sido? ¿le importa a nadie lo que ahora somos? Un facilismo que se ha hecho rebuzno interminable nos colma de rastrojos de tal indigencia que a la hora de hablar de pueblo, es decir de país, cualquier mirada, hasta la menos escrutadora, sólo encuentra de primer trallazo horizontes cargados de bachatas insoportables, de textos de una insulsez penosa, y todo gracias al regalo de la televisión y otros medios, esas ventanas hacia el basurero que amontona sus desperdicios sin pena y con la gloria de carcajadas que todo el mundo celebra.
Lo lamento. Me duele por mí y por nosotros. ¿Significa eso que todos los dominicanos (prefiero quisqueyanos) seamos eso? Hay una batalla que ha ido creciendo en soldados que ya son legión, aunque entre ellos no haya surgido todavía ningún general. Por lo menos así puede verse en lo que está a la luz. Y pienso que cuestionar los frutos de lo propio no es delito, siempre que en toda comparación exista el ánimo de edificar. Pero para comparar debe haber un sustrato de educación que barra las incoherencias del amor propio, tanto el bueno como el malo, para que podamos medir con lucidez lo andado y tenga buena base la ambición que debe conducirnos a una meta exultante.
Nos falta desarrollo. Esto se expresa en todo. En nuestra pobreza institucional, en la desorientación de nuestras autoridades, en la inexistente vocación de educar, que es la primera fase que puede suplir el pavoroso vacío que se hace abismo en los gustos y las preferencias funcionales de todo el que decide criticar o encarnar el reto de emprender el arduo camino hacia la consecución de obras, que por carecer del necesario soporte en tradiciones de mayor calibre por necesidad se quedan en conatos carentes de rigor.
Y con todo hay que decir, gritando si es menester, que ya vamos siendo algo. Si declaramos, como otros, que nuestra pobreza existe es cuando se ve a las cimas criollas intentando ser colocadas impunemente junto a colosales elevaciones ajenas que fatigan la visión. Sin embargo, no es anulando el primer escalón que debe conducirnos a otros peldaños, sino comprendiendo lo que somos para querer ser más.
Nada ha sido mejor para todos que, contra el esfuerzo que debieran hacer los gobiernos por proyectar con su apoyo la producción de los creadores nacionales, nuestros artistas y escritores comiencen la ruta de las salas y estanterías extranjeras. Eso simplemente dice que nuestra inteligencia avanza, que en nosotros hay un interés en camino de fortalecerse que reclama un lugar de atención. ¿Qué sean o no sean geniales? Ya habrá tiempo para eso, para colocarse en el lugar que el esfuerzo les haga merecer. La cabal magnitud de lo creado sólo puede distinguirse cuando se produce la sana perspectiva del tiempo. Pero lo que resulta innegable es que ya vamos saliendo hacia un punto en el cual al conseguir mostrarnos provocamos el necesario e inevitable cuestionamiento de lo que se está haciendo en el país. Y ese es un triunfo de todos, un éxito que hay que ponderarlo como un desperezo de nuestra nacionalidad.
Por lo mismo ¿por qué negarle nada a Julia Álvarez, a José Enrique García, a Junot Díaz o a Marcio Veloz Maggiolo? Pido sincero perdón si olvido a otros. Si ellos pudieron acceder a un escenario mayor, tanto mejor para los dominicanos. Eso abre nuestro destino hacia amplios horizontes. Sostenernos en tales linderos será otra cosa. Pero bien, ni es con la insidia que nos invalida ni con el desaire que nos niega que conseguiremos trascender. Lo personal es parte de un marco nacional que si logra mostrarse con lo mejor de su brillo rendirá el beneficio de gestar la pregunta en el gran público: ¿existimos? ¿qué estamos haciendo? ¿qué somos capaces de hacer?
Puede haber dureza en la afirmación inicial, ya que adolece de las limitantes de un rápido vistazo que intenta una precisión. Pero se crea o no, dentro de ese pedernal que golpea hay amor; amor por nuestro país que también es respeto por el trabajo y por el esfuerzo de muchos dominicanos que lo dieron todo por sus mejores sueños. El complejo de Guacanagarix no tiene otro origen que la dura contemplación de nuestra pobreza secular, de la penuria de lo acumulado, de lo insuficiente de un acervo; y claro, de la mediocridad tanto moral como académica de nuestra crítica. Apenas los artistas y pensadores dominicanos, salvo contadísimas excepciones, comienzan a ser verdaderos profesionales, gente vinculada a la severidad de un oficio. Pero aún sobre la base de este aserto es inconcebible que el perfecto conocimiento de tales limitaciones nos lleve al auto insulto y no a entregarnos a la superación militante de tal condición. Eso debe impulsarnos a ser mucho más, debe enfrentarnos hacia el porvenir con la convicción de que podemos, de que debemos ser. |
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