3 de Noviembre del 2003 • Edición número 1,330
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Latinoamérica como disparate




Por Jacinto Gimbernard Pellerano.


Luis Medrano
Como si se tratara de un gato enfurecido, le salta a uno encima la idea o la sensación apesadumbrante de que Latinoamérica es un disparate. Luego esparce uno sus sombras contritas cuando se entera de que un alto general del temible Pentágono estadounidense, William Boykin, dice que el presidente George Bush “fue nombrado por Dios” y que los musulmanes detestan a Estados Unidos porque “somos una nación cristiana”, por lo cual comparó la guerra contra el terrorismo con una lucha del cristianismo contra el Islam. Ya había declarado anteriormente, como publicó el diario Los Ángeles Times, que “nuestro enemigo espiritual no será derrotado a menos que nos unamos contra él en nombre de Jesús”. Volvemos a las Cruzadas, que de espiritual no tenían nada.

Y tampoco lo tienen éstas.
Luego el general Boykin pidió excusas por sus palabras... salidas del alma.

¡Qué remedio! Uno se duele de que el sueño unitario latinoamericano de Simón Bolívar aún no cuaje y que la bandera de sus ideas esté en manos tan inapropiadas, en mente tan desordenada, y que se presente con tal indelicadeza atropellante. Latinoamérica merece otra situación humana y el presidente Chávez, que desde un principio me pareció incapacitado para tan fina, noble y ardua labor que no pudo lograr el mismo Bolívar, lo cual lo embarró de amargura, nos ha tirado encima –Chávez– el resultado de sus grandes limitaciones.

Yo me pregunto ¿qué condiciones –si existen– requiere un líder, encabezador de un gran movimiento político honesto, para aglutinar criterios, convenciendo de ventajas económicas, que realmente existen a pesar de los obstáculos que pongan los norteamericanos, dueños y señores de nuestro comercio, permisivos o impedidores de dictaduras según sus conveniencias comerciales?

Muy hábil habrá de ser. Y muy terco, no al estilo de Castro, sino dentro de un nuevo concepto de diplomacia, tan fino que deje atrás, por burdos, los que señalaba Maquiavelo, no como invento -que no lo era- sino como observación y como notable posibilidad de éxito.

Esto de llamar maquiavelismo a lo que no es sino observación de antiquísimas prácticas exitosas de gobierno no es más que un eufemismo cobarde, un disfraz irresponsable.

¿Que nuestro continente es joven, y por tanto inexperto?

No es cierto. No tenemos excusas válidas.

Cuando Sevilla, la mayor ciudad española del siglo dieciséis, tenía cuarentaicincomil habitantes, según el censo de 1530, Tenochnitlán, en México, tenía el doble de habitantes que vivían en un ciudad planificada en base cuadrangular, con calles que eran canales transitables sólo en canoas y perfectas aceras para los peatones, con un orden desconocido en las ciudades de Europa. Así el conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo (muerto en Guatemala por 1580) refiere: “...desde que vimos tantas ciudades y valles poblados en el agua y en tierra firme... nos quedamos admirados y decíamos que parecían cosas de encantamiento”.

No todo fue así, naturalmente, pero siempre apareció una civilización que superaba a la europea en factores esenciales.

Me dirán: ¿Y los sacrificios humanos motivados por erróneos criterios religiosos?

¿No los realizan hoy los europeos y los descendientes suyos que vinieron al nuevo continente buscando nuevas reglas, justas y humanitarias?

Es cierto que somos, en conjunto, países jóvenes. Pero ninguno de los elementos que los componen son jóvenes.

Lo que es joven es la mezcla.

Y las mezclas raciales siempre se han tomado más de cinco siglos en cuajar.

No pierdo yo la esperanza de que llegue el momento en que sea posible una unidad latinoamericana, en que logremos constituir una fuerza ordenada, capaz de resistir la doblegación a Norteamérica, que se fundamenta como nación en virtudes y disciplinas que debemos respetar e imitar con diferentes metas.

Insisto en que Norteamérica ha alcanzado tan gran poder, basada en las virtudes y nobles propósitos de quienes fundaron el país inspirados en deseos de justicia, orden, equilibrio y religiosidad bien dirigida.

Incluso ni siquiera la voracidad irracional de algunos mandatarios de la gran nación, voracidad dirigida al país –no a su persona– ha logrado borrar la honestidad de sus orígenes.

Se trata de ser consecuente con altos propósitos.

Todavía no hemos logrado tal cosa.

Confío en que llegará ese tiempo.


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