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Ricardo Vega
Los perros falderos
Cuanto más se aprende a conocer al hombre
más se aprende a estimar al perro.
Jean Tousseul
En las noches sin estrellas cuando el perro se convierte en lobo, esparciendo sus lúgubres aullidos, con los pelos erizados, las orejas erectas y el rabo como un foete, la desgracia anda de ronda. Desde siempre esa condición que sólo poseen los caninos de anticiparse, ver y oír lo que los humanos sabemos después, ha sido respetada. Como guardianes, como los mejores amigos o como prendas valiosas del estatus socioeconómico, estos cuadrúpedos conjugan genio y bríos tan admirables que en muchos casos han cebado la inspiración.
Capitán, por ejemplo, hecho famoso por Juan Bosch en Más cuentos escritos en el exilio, asunta cosas que los cristianos ni an imaginan, compadre..., procurando alertar a su amo don Gaspar sobre la entrada de la peste al bohío. Es que el perro no hubiese existido como animal doméstico hasta nuestros días sin la intervención humana. Fueron necesarios unos 20 mil años de evolución para éste diferenciarse de la especie salvaje de la cual procede, el lobo gris de la India el mismo al que rinde culto en la desgracia hasta dar lugar al Canis familiaris, del que descienden los pastores, molosos, lebreles y bracos.
El desarrollo de los perros como auxiliares por excelencia en la cría de ganado, en el pastoreo y en la caza, se debe a su olfato sin límites y a su capacidad de supervivencia. En Egipto el perro acabó siendo divinizado como Anubis, dios de los muertos. El de Ulises fue inmortalizado por Homero en la Odisea al ser el único que reconoció al héroe cuando éste regresó de Troya a su casa, en Itaca. Otro perro que dejó huellas fue el Can Cerbero, nombrado el monstruoso guardián de los infiernos. En la historia de Roma se consagra una perra loba que amamantó a Rómulo y a Remo. Virgilio cuenta que los romanos al cortar las orejas y las colas a sus perros pastores no lo hacían como se suele hacer actualmente, por razones estéticas, sino para evitar que fueren mordidos por los lobos de entonces. Nuestro Pedro Henríquez Ureña en una de sus narraciones más brillantes sacrifica lo explícito durante el trance de El hombre que era perro. Uslar Pietri lo coloca en el camino de su Venezuela de entonces, con un trotecito seco, cansón, descolgado, hasta descubrir un niño muerto. Rintintín y Lassie también ganaron su espacio en la pantalla chica y el cine. Pero la afirmación de que el perro es el mejor amigo del hombre no es del todo mito, creación y leyenda. Durante la Edad Media fueron apreciados por los reyes y grandes señores, quienes les ofrecían más atención a éstos que a sus vasallos.
Entre los nómadas árabes algunos galgos llegaron a poseer su propio caballo para ser transportados a las zonas de caza. A partir del Renacimiento también los burgueses más acomodados se hacían retratos junto a sus perros favoritos, pero éstos ya no eran sólo animales de caza, sino perros ratoneros capaces de proteger los almacenes de las ratas y perros falderos de compañía. Sin embargo, es a mediados del siglo XIX cuando se forman las primeras asociaciones caninas y se realiza la primera exposición perruna en Inglaterra. A finales de este mismo periodo, Madrid sirvió de escenario a las andanzas del perro callejero Paco, amigo de las tertulias literarias en el café Fornos. Este asistía a bailes y fiestas de romerías atrayéndose con su simpatía e inteligencia el cariño de todo Madrid. En una tarde de toros (1882) un torero lo estoqueó porque el perro lo agredía por su deslucida faena. El entierro concentró una asistencia multitudinaria.
De regreso a nuestro entorno, en el instante que atravesamos un hoy tan semejante a aquel ayer, el lujo que significa mantener la relación hombre-perro, con un Rintintín, con una Lassie, incluso con el tradicional Capitán o el barcino de Pietri, es un lujo de salón y realeza, donde los preferidos son los falderos, los expertos en aparar lengua al aire, babeantes en los belfos, honrando la teoría de Pablov, y con el rabo entre las piernas los trozos de filete que llueven en la supremacía. Aunque de la boca para afuera se ladre lo contrario, en medio de la noche, por los intersticios de la cúpula metropolitana, cuando el poder transforma al hombre en lobo pueden distinguirse aglomerados, y a falta de soga atados con longaniza, los falderos, los sabuesos de siempre.
Ricardovega19@yahoo.com
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