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Cultura e ilusiones con Juan Bosch

Por Jacinto Gimbernard Pellerano.
Cultura. Así define, con amplia visión inteligente, estas páginas mías la revista [A] HORA. Y se ha dicho muchas veces que la cultura consiste en conocer lo mejor que ha sido pensado y dicho en el mundo. Thomas Mann decía que la cultura era la devota ordenadora y benéfica incorporadora de elementos opuestos. En fin, es conocimiento que pretende clavar su flecha balsámica en lo que estima verdadero o en lo que considera útil para los demás y para sí.
Acojo ambas expresiones y, por tanto, estas páginas dedicadas a la cultura, a menudo pueden lucir alejadas de lo que se supone superficialmente que corresponde al tema, pues no me embarco en explicaciones de las antiguas civilizaciones, o del dadaísmo, o el simbolismo, o en las válidas razones o mentiras del arte moderno y contemporáneo. Si a veces toco el mundo griego o romano es con una intención actual, moderna y cotidiana.
Creo firmemente que a nuestro país le hace falta conocer, a grandes trazos no aspiro a sesudos y limitativos estudios la honradez patriótica de Juan Bosch.
Nuestra cultura política es tan miseriosa y harapienta que no nos deja apreciar el resplandor de una estrella, de un portentoso lucero, cuando se nos presenta en el cielo.
Realmente pienso que su enfebrecido amor patriótico le obnubiló la visión del político astuto, que sabe manejar el tiempo, el ritmo de los procesos de cambio. Ese arte en el cual Joaquín Balaguer era magister. Uno de los siete sabios de la Grecia antigua resumía el asunto con su lema: Conoce el momento oportuno, que los romanos, ni tontos ni perezosos (durante bastante tiempo) latinizaron en Nosce tempus oportunum.
Tuve grandes ilusiones con la presidencia de Bosch, aunque abrigaba temores en cuanto a los daños terribles que propiciaban sus drastricidades, su inapropiado manejo de lo militar y de ciertos altísimos intereses económicos. Bosch me lucía un inspirado por un patriotismo intransigente, que me conmovía y refrescaba mi alma.
Nunca me inscribí en su partido (o partidos: PRD, PLD), pero tampoco en otros anteriores. Mi muy tardía inscripción en el Partido Dominicano de Trujillo, consecuencia de una petición directa a mi padre, en tiempos terribles, fue solicitada por personajes de los altos círculos del poder que consideraban peligroso que careciera yo del carnet de La Palmita.
Si alguna vez estuve deseoso de inscribirme a un partido político fue a los que lideraba Juan Bosch. Pero consideraba no sin razón que todo lo de este gran hombre era tremendamente utópico.
No estaba rodeado de una parafernalia militar y civil. Invitado por los altos cuerpos castrenses a un almuerzo en el CEFA desairó a los jerarcas de dorados ramos en los quepis para comer junto a soldados y clases y enterarse de la alimentación que recibían. Se amparó en una Constitución progresista y revolucionaria en el buen sentido, opuesta a las reelecciones presidenciales, promovió la venta de alimentos en tiendas del pueblo, como llamaba entonces a las expendedoras de productos a precios accesibles para la población pobre. Promovió la ayuda a la mediana y pequeña empresa, se embarcó en la creación de una organización encargada de la pesca familiar, que habría de desembocar en una flota de pesca industrial que nos arrancaría el incomprensible disparate de ser una isla, con el mar Caribe por un lado y el Océano Atlántico por el otro, donde el pescado no se consume porque es muy caro, y resulta más económico comer un pedazo de pollo hecho crecer artificialmente.
Cuando corporaciones como la Overseas Industrial Constructions LTD, representante de la General Electric de Inglaterra, fueron contactadas por el gobierno de Bosch, significaban vías insospechadas aquí, y consistía en un importante abastecimiento eléctrico, sin tramposerías, abastecimiento que aún no tenemos y que sufrimos, no sé hasta cuándo. También buscaba contar con los auspicios de la Kaiser Corporation para lograr la electrificación total del país.
Bosch promulgó la Ley 38, disponiendo la construcción de la Zona Franca de Puerto Plata y luego de Samaná, y había contratado en Europa la instalación de una planta petroquímica en Barahona, en Salinas.
Es decir, estaba en todo.
Menos en doblegarse, en cuclillas, a las disposiciones de los norteamericanos. Hoy de España, que ahora no resulta una buena Madre Patria.
Posiblemente hubiera sido más útil a la República Dominicana si él hubiese sido más astuto, envolvedor, patrañero, falso... pero era un hombre honesto.
Y en política eso él lo sabía, pero no lo aceptaba hay que ser en cierta medida tramposo y embustero.
Quiera el espíritu de este grande hombre ser inspirador de decencias nacionales.
Que mucha falta nos hace. |
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