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Rafael Peralta Romero
Perdemos el sentido de la Historia
La Historia se escribe cada día. Paso a paso, acto por acto, el hombre va forjando un entramado que en última instancia determinará la sustancia activa de la memoria de una sociedad dada. La crónica de esos hechos dictaminará no sólo quiénes son héroes y quiénes villanos, sino que constituye el espejo del futuro.
A principios de marzo publicamos en AHORA el artículo 40 años de historia, el cual iniciamos refiriendo que ni el Partido Revolucionario Dominicano ni el de la Liberación Dominicana tomaron en cuenta el cuadragésimo aniversario de la juramentación de Juan Bosch como Presidente de la República.
Ahora ocurre con el aniversario número cuarenta del derrocamiento del gobierno constitucional establecido en febrero de 1963. Este gobierno surgió por la decisión del pueblo dominicano en las primeras elecciones libres celebradas después de decapitada la tiranía de Trujillo y fue depuesto por la apetencia de unos cuantos para quienes la voluntad del pueblo carecía de importancia.
Desde su campaña electoral, Juan Bosch introdujo en el ambiente dominicano el tema de la reforma agraria y el interés de redimir a los campesinos de la miseria en que vivían. Al juramentarse, su discurso, sencillo y explícito, se refirió a las riquezas con las que contaba nuestro país y las potencialidades del pueblo para explotar esos recursos.
Vamos a juntar al hombre con la tierra, al inteligente hombre dominicano con la rica tierra dominicana, y estemos seguros de que eso se hará o no habrá democracia en este país. Eso dijo Bosch. Los poderosos suelen ser asustadizos y no le dieron tregua al Presidente. Recurrieron al fantasma del comunismo.
Comerciantes, industriales, medios de comunicación, políticos resentidos, curas perversos y militares formados bajo la férula trujillista planificaron la trama. La negativa de Juan Bosch a complacer las aspiraciones de ciertos jefes militares o complacer negocios ventajosos de algunos mercaderes abonó el terreno para los encuentros de reafirmación cristiana y para las jornadas contra el comunismo.
El paro general del comercio y la industria efectuado el 20 de septiembre sería anticipo muy evidenciador de lo que se avecinaba. El Presidente Bosch estaba rodeado de enemigos, y en adición a ello entró en contradicción con la dirigencia del Partido Revolucionario Dominicano, representada por el secretario general, Angel Miolán. La debilidad fue aprovechada en la madrugada del 25 de septiembre tenía que ser bajo la sombra cuando los militares traidores declararon prisionero al Presidente y se alzaron con el poder.
Delfín Toribio Rodríguez, un militante de la democracia que fue guardia durante el gobierno perredeísta de 1963, se acercó a mí para manifestar su interés en que el Gobierno y el PRD asuman de común acuerdo la conmemoración del 40 aniversario del derrocamiento del Presidente Bosch. Puso el ejemplo de lo que se hizo recientemente en Chile, al cumplirse treinta años del derrocamiento y muerte del presidente Salvador Allende.
El señor Toribio me provocó una turbación similar a la que ocurre cuando un niño le pide a uno algo que no se tiene al alcance. Si a una semana de la efeméride no se ha preparado nada, hay que pensar que de misa y acaso ofenda floral no se pasará. Lo de Chile fue, obviamente, más desgarrador por los tantos asesinatos, encarcelamientos y exilios que trajo consigo el golpe de Estado.
En nuestro caso, el Presidente Bosch no sufrió ningún percance físico y los muertos por causa del golpe ocurrieron dos años después, cuando el pueblo se levantó en armas contra los golpistas. La dirigencia del PRD no tiene en este momento el sosiego requerido para organizar un programa recordatorio del funesto atentado contra nuestra democracia. La trama para impedir la repostulación del Presidente Hipólito Mejía consume las energías.
De nuestros líderes políticos, Juan Bosch ha sido el más interesado en el análisis de la Historia para facilitar el entendimiento de los fenómenos sociales y políticos. Solía repetir que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Pienso que el actual liderazgo político nacional privilegia el inmediatismo al sentido histórico. Por eso al cumplirse cuatro décadas del madrugonazo antipopular no motiva acción alguna.
Quiero terminar con las palabras finales del mensaje enviado por el Presidente Bosch, escrito a mano, desde el confinamiento a que lo sometieron quienes días antes le simulaban lealtad: Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática. La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo.
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