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Luis Martín Gómez
Con un cabito de jabón
Señal de crisis es que se acabe el jabón. Usualmente uno compra cuatro para la quincena, calculando de a dos por semana más una ñapa de un día, si es que una Laura o un Luis Jorge no los dejan ahogarse en el agua aposada en la jabonera y apresuran el final de su higiénica existencia. Pero con los recortes a que nos han obligado últimamente, el presupuesto apenas alcanza para dos jabones, o tres, si echamos menos gasolina con el riesgo de quedarnos en medio del puente un día de lluvia, clima que los autos suelen elegir para dañarse. Así, con sólo dos jabones en lugar de cuatro, es necesario variar los hábitos de aseo.
Por ejemplo:
1-Bañarse menos. Sin dudas esta medida alargará la vida útil del jabón, pero reducirá nuestro número de amigos y relacionados, quienes disimuladamente nos sacarán el cuerpo para evitar el rechín a vinagre y mostaza vencida que exhalaremos al mediodía. Este rechazo nos creará una sensación de aislamiento que nos abrirá heridas emocionales que terminaremos pagando con creces en el psiquiatra.
2-Congelar el jabón. Según Rubén Abud, de Constanza, el jabón se gasta menos en el frío porque no hace espumas (detalle que, dicho sea de paso, utilizan los constanceros para saber cuándo un capitaleño de visita en ese hermoso valle intramontano firma un vale, es decir, no se baña por el frío de la cordillera). En la cálida capital podemos aplicar esta técnica metiendo el jabón en la nevera, sorteando sin embargo dos inconvenientes: los apagones, que convierten la nevera en un artefacto técnico mecánico para madurar mangos sin carburo; y que nuestros sobrinos confundan el jabón con un pedazo de queso San Juan y la jornada termine con un lavado de estómago urgente en la Gómez Patiño.
3-Bañarse con un cabito. Esta es la alternativa menos riesgosa, pero exige un riguroso entrenamiento, sobre todo para los más jóvenes que no conocieron la crisis del noventiuno. Consiste en bañarse con un pedacito, más bien una telita del último jabón que sobrevivió valientemente hasta el día de pago. Para ello, el usuario tendrá que aprender a agarrar el cabito con sólo dos dedos, pulgar y mayor, incorporando más tarde el índice cuando el jabón esté a punto de desaparecer, lo que de todas formas no evitará que el cabito resbale hasta el sumidero como quinientas veces. También tendrá que aprender a frotarse el jabón lentamente y sin perder la paciencia para evitar que se enrede en los vellos. Y tendrá que aprender a combinar con inspiración de químico el etéreo cabito de jabón con el chin aguado de champú que milagrosamente queda en el pote integrado a la decoración de tan añejo.
La crisis ha hecho que vuelva a limpiar mis miserias con un cabito de jabón y debo confesar que no es del todo malo. Ha fortalecido mi sentido de la solidaridad, pues debo esforzarme por no gastarlo para que los demás miembros de la familia alcancen a enjabonarse. A veces, sin embargo, cuando se desvanece en mis manos antes de terminar el sobaco izquierdo me provoca hacer pompas para meter en ellas a los que nos obligan a agacharnos vergonzosamente en la bañera y soplarlas para que floten lejos, muy lejos, o al menos un chin más allá de Villa Mella, o doblando a mano derecha en San Cristóbal.
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