8 de Septiembre de 2003 • Edición número 1,322
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Teologí[a]

Dios y los físicos




Por John J. Saunders, Ph.D


Luis Medrano
La teología convencional y su psicología de trascendencia mental sobre la realidad de Dios han sido el vehículo social exclusivo del proceso intelectual y emocional usado por las religiones. Tal teología ha servido como ingrediente para orquestar y arrastrar el uso de la sustancia mental que ha reinado en las sociedades occidentales por muchos siglos. Pero esa exclusividad conceptual ya ha terminado. La física moderna provee el andamiaje intelectual racional que permite al humano concebir a Dios como fruto de la teoría de organismo racional y su vínculo ontológico con la realidad creativa que vive inmersa en la realidad cuántica de la fisiología del ser humano.

Y este nuevo paradigma cuántico provee un nuevo dogma al cual las religiones modernas tendrán que adaptarse debido al peso de su lógica.
Ciertamente, Dios no puede ser percibido en modo directo más allá de los datos físicos básicos, instrumentales de la concrescencia de lo dado en el llegar a ser de las entidades naturales que obtenemos con nuestros sentidos.

La actividad constructiva que llevan a cabo los patrones cibernéticos y moleculares de la naturaleza existen como necesidades ontológicas de nuestro organismo. Puede que las ocasiones actuales ocurran al azar, cierto. Pero la existencia primordial de los programas cibernéticos en sí, a priori del llegar a ser al nivel cuántico, como potencial creativo, son necesidades lógicas de nuestra mente que aún no son reveladas como procesos físicos por nuestros sentidos, cuyo orden es ajeno a la voluntad consciente del individuo y se le llama erudición o arte.

La lógica y la coherencia mental, usadas en la creatividad humana como lo es en la matemática, la música y la poesía, obedecen a patrones de orden y coherencia natural cuyo proceso básico yace en el organismo humano como parte del principio ontológico y de las funciones fisiológicas humanas.

El factor de inteligencia natural no observable es, obviamente, el motor de la actividad procesal de llegar a ser. Es creada a priori de los sistemas genéticos. Nuestra especulación del azar como creatividad primordial es por lo tanto algo irracional, que viola el principio ontológico de todo humano. Pues tal ontología nace y yace inmersa en la realidad cuántica de toda actualidad física. La ontología de un Dios trascendental hace de Dios un ser equivalente a la nada sin continuidad lógica. Y de la nada, nada resulta. El azar y su obra siempre obedecen a una previa necesidad física inteligente, presente a priori en el llegar a ser. Y es un extremismo mental cuando tal necesidad física se ignora.

Es decir, la naturaleza y la potencialidad de la creación, como información fundamental física, y vínculo racional y fundamental, no permite que sean observados como causa primigenia, directamente palpada por los sentidos. Por eso es que la física como ciencia sólo explica los procesos instrumentales perceptibles, pero nunca el razonamiento primordial causal.

Sin embargo, la presencia ineludible del principio ontológico de nuestro organismo humano nos alienta y nos empuja a sentir perpetuamente la necesidad de encontrar ese algo no perceptible como causa de lo perceptual. La ciencia y la religión nacen juntas precisamente de ese mismo incansable vector ontológico de la necesidad de nuestro organismo humano. Dios es esa necesidad física creativa de la naturaleza que satisface al principio ontológico que siente el organismo humano.

Los físicos comenzamos nuestra física por razón de tal proceso orgánico. Sin embargo, las religiones y las supersticiones avanzan conceptualmente en su necesidad de causas primordiales trascendentales. La ciencia es ciencia porque se abstiene de inventar lo inexplicable. Lo que ignoramos no es trascendental, sino simplemente desconocido.

Es decir, podemos demostrar que existe la necesidad de buscar la razón de las causas consecuentes de lo que percibimos, pero eventualmente chocamos con una barrera, como algo que podemos generalizar conceptualmente como un Dios consecuente, que ejecuta las leyes de la naturaleza compatible con el principio ontológico: algo muy lejos de ser nada.

Si aceptamos nuestra racionalidad ontológica de que las consecuencias perceptibles son indicios fehacientes de las causas de un Dios primordial detrás de las consecuencias, tomando tal principio ontológico en serio, llegamos así a la conclusión de que nada nunca puede flotar desde la nada hacia su existencia real y actual. Pues Dios es algo con un vínculo inteligente, real y cuántico.

El uso del concepto intelectual de la existencia de Dios que palpan los físicos tiene tanta validez como la matemática. Nótese que cuando decimos que dos más dos son equivalentes a cuatro no se necesita ninguna explicación racional para intuir su realidad. Cuatro, como Dios, son ambos símbolos de la realidad universal de nuestra capacidad de simulación y generalización mental derivadas de nuestra observación del universo. Del mismo modo, por ejemplo, la gravedad y la gravitación, que permiten que exista orden coherente, no tienen origen físico explicable. Nuestra explicación racional de lo físico se limita al instrumentalismo conceptual y sistemático de lo perceptible. Lo postulado como causa no observable sólo es explicable como una necesidad lógica completiva de un sistema mental necesario: el preludio de todo llegar a ser.

Negar la existencia de un Dios primordial es equivalente a sufrir de una ceguera conceptual racional al no querer inferir un sistema lógico como parte de lo que no percibimos. Existe mucha información para poder inferir la existencia de Dios en nuestra mente, mientras que no existe nada convincente físicamente que permita negarlo.

Pero ello no significa entonces que el universo sea una pura construcción mental puramente virtual en el cerebro humano. Por el contrario, la fisiología de nuestro cerebro significa y demuestra en su simulación mental que la mente está vinculada a una realidad cuántica del universo, que incluye a Dios como cúmulo real de causas primordiales, aunque percibidas con limitaciones perceptivas por el humano.


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