Rafael Nuñez
Conflictividad social e inseguridad
Un grupo de periodistas caminábamos por las calles de Cartagena de Indias en busca de un restaurante donde pudiéramos almorzar. Disfrutábamos de la belleza del mar Caribe, de la riqueza monumental de los centenarios edificios coloniales de aquella ciudad fundada en 1533 por don Pedro de Heredia. Comentábamos que, a pesar de los atractivos que tiene para los extranjeros, Cartagena de Indias parecía una ciudad fantasma, por lo menos si la medíamos por la baja demanda en los negocios.
Nuestra pregunta de porqué aquellos restaurantes y otros negocios se veían escasos de clientes fue satisfecha cuando conversamos con el mozo del negocio donde, finalmente, almorzamos. El mesonero coincidía con la versión de una elegante dama del hotel donde nos hospedábamos, quien contaba que la ausencia de huéspedes se registra de un tiempo a esta parte en esa ciudad turística por la violencia generada por la guerrilla y el narcotráfico.
Los guerrilleros, por ejemplo, hacen incursiones en la carretera que va de Cartagena de Indias a Barranquilla para hacer una especie de peaje, secuestrar e intimidar a la gente. El otro dolor de cabeza lo constituye el narcotráfico en Colombia, que es un problema que ha generado mucha violencia. La delincuencia común ha llegado a tales extremos que los secuestros para pedir rescates se han convertido en el pan nuestro de cada día. Esos flagelos han diezmado el turismo y los extranjeros no pueden disfrutar de una ciudad tan bella como Cartagena Indias.
La inseguridad ciudadana es un problema global, que debe ser enfrentado por todos, con las últimas tecnologías y los mejores hombres y mujeres con que puedan contar nuestros países. Nadie tiene una responsabilidad particular, pero todos tenemos el deber de contribuir al mantenimiento de la seguridad pública. La lucha contra la micro y macro criminalidad es demasiado seria como para dejársela a los gobiernos. Todos estamos comprometidos a ponerle caso al llamado hecho por el ex presidente de la República, doctor Leonel Fernández, de formar un frente contra esos flagelos, pues hay valores que los dominicanos debemos defender. No podemos ver, con los brazos cruzados, que a un ciudadano lo secuestren y después de pagar un rescate millonario lo liberen. Hay que defender la paz y enfrentar el chantaje delincuencial.
La codicia, la ambición, la envidia, los celos o el fanatismo, elementos del comportamiento humano que inducen a la gente a tomar el camino de la violencia, no pueden imponerse. Ese elenco de pasiones bajas de un puñado de primates no puede dejarse pasar por alto. No podemos en este trabajo entrar en disquisiciones acerca de los antecedentes de la violencia humana. No se trata de eso, la violencia hay que combatirla sin importar sus orígenes, antes de que sea demasiado tarde.
La República Dominicana no está acostumbrada a que cada vecino tenga que alquilarse un guachimán para cuidar sus vidas y bienes. Esos valores se preservan cada quien aportando su cuota de responsabilidad. No se puede ser indiferente ante la vecina cuya hija fue atracada y violada, o frente al vecino que fue asesinado para quitarle lo que tenía, ni ante el caso del señor que vive frente a nuestra casa, cuyas andanzas tienen que ver con el tráfico de drogas. Pero tampoco podemos ver con indiferencia que un ciudadano de este país con funciones públicas sea uno de los principales distribuidores de estupefacientes. Tenemos dos opciones: hacernos los desentendidos y después lamentarnos o asumir nuestra cuota de responsabilidad para dejar a nuestros hijos un país seguro. |

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