Miguel Febles
Simples palomos
Cuando uno piensa en la situación calamitosa por la que atraviesan los niños en el mundo parece natural que la mente vuele a Brasil, o a los pueblos de África al sur del Sahara. No tenemos, desde luego, que ir tan lejos. Con detenernos unos minutos en la intersección de la 27 de Febrero con algunas de las principales vías con las que se cruza podemos tener una vislumbre de lo que pasa en muchos hogares de la Capital.Cuando el semáforo pone la luz roja empiezan a volar las esponjas cargadas de agua. Y con la multitud de vendedores de frutas, animales y galletas aparecen los niños que compiten con algunos tajalanes en el lavado de parabrisas.
Regularmente se trata de un servicio no solicitado que algunos conductores soportan de mala gana y otros permiten para entregar una dádiva. Esto ocurre de día en día, al solazo, y en ocasiones al niño que uno se encuentra a las 8:00 de la mañana es el mismo al que se encuentra a las 3:00 de la tarde en la misma intersección. Estos niños que trabajan sin tarifa y que imponen un servicio no solicitado pueden ser encontrados en horas de la noche en algunos puntos (27 de Febrero con Isabel Aguiar, por ejemplo) como el primer guandul.
Uno puede llegar a preguntarse, ¿qué estarán haciendo los organismos de lucha contra la pobreza, que los hay con presupuestos formidables, y las oficinas de trabajo social y organismos internacionales como Unicef que hasta ahora no han originado una discusión trascendente sobre este asunto ni mueven iniciativas para conseguir que los niños vayan a la escuela y que los más grandecitos sean admitidos en una escuela de oficios o se les incluya en alguna fórmula de trabajo que les permita ver un mundo menos gris que el que les muestra de día en día el asfalto de las avenidas y el reflejo del sol sobre los parabrisas?
Para entrar al infierno muchos caminos hay. Y suponemos que siempre existe la oportunidad de volver atrás. No parece que siempre sea así. En algún punto, según el Dante de la Divina Comedia, podemos encontrarnos la puerta fatal que una vez traspuesta anuncia el fin de las esperanzas.
Por algún camino erróneo, por alguna puerta falsa, debe haberse deslizado Brasil al mundo infernal del que salen los datos que aporta este mes el diario Jornal do Brasil, según el cual los conflictos armados en países como Colombia, Sierra Leona, Yugoslavia, Afganistán, Uganda, Israel y Palestina hasta el 2000 dejaron un saldo menor de niños muertos por armas de fuego que los que produjo la violencia en Rio de Janeiro entre 1997 y 2000. Señala el Jornal do Brasil que en la guerra entre Israel y Palestina murieron 467 menores entre 1997 y 2001, período en el que Rio de Janeiro registró 3,937 menores de edad muertos por armas de fuego.
Los datos en los que se apoya el periódico fueron extraídos de un estudio sobre la participación de menores en la disputa por el tráfico de drogas, realizado por el Instituto Superior de Estudios de Religión.
Desde luego, aquí no llegamos al punto en que se encuentra Brasil, gracias a la Providencia, porque no parece que estemos haciendo nada para librarnos del camino por el que allá transitan. Seguimos viendo a nuestros niños como simples palomos. |

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