23 de Septiembre del 2002 • Edición número 1,273
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Progreso Lo mejor y lo peor




Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Qué vamos a hacer. Tengo mis reservas con el progreso. ¿Es que me adscribo a aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”? De ninguna manera. Con todo y los disparates, la informalidad y el desconcierto que prácticamente a diario nos aturrulla, aquí se vive democráticamente. Todo ciudadano/a tiene derecho a expresarse e igualmente el Gobierno tiene derecho a no escuchar y por lo tanto a no hacer caso.

Es así como pasa. Pero indudablemente que era mucho peor bajo regímenes dictatoriales en los cuales se escuchaba todo con atención y se leía cuidadosamente lo que se escribía y lo que se omitía. Hoy quienes escribimos regularmente tenemos la torrencial sensación de que no importa lo que digamos porque no nos van a hacer caso quienes cuentan en el asunto.

Pero es mejor. Aunque no sea lo deseable, tal vez porque como ponía Baltasar Gracián en El criticón, cuando el Supremo Artífice terminó la gran fábrica del mundo y le preguntó a todos qué querían para vivir, “el elefante dijo que una selva, el caballo un prado, el águila una región del aire… pero el hombre dijo que quería todo el Universo, y que aún le parecía poco”.

No es que yo sea desmesuradamente ambicioso y me parezca al personaje de Gracián. Posiblemente sí esté muy influenciado por el pensamiento de los antiguos griegos. Los autores teatrales…Esquilo, Eurípides (Prometeo Encadenado, Las Suplicantes) mencionan someramente el asunto del progreso, aunque Prometeo cuenta en cincuenta líneas los beneficios culturales que se derivaron del descubrimiento del fuego. ¿No es mucho, verdad?

Jenofonte, Sócrates y Platón no tratan el asunto y Aristóteles lo considera fuera de lugar. Estaba convencido de que las artes y las ciencias se han inventado y perdido “un infinito número de veces”. Por supuesto abarcando todo lo concerniente a lo humano. La divisa era: Eadem omnia semper. Todo es siempre igual.

Lo vemos todo el tiempo, por mucho que tratemos de taparnos los ojos no con la mano sino con todo lo que aparezca.

Si leemos las Odas de Horacio (68 a 8 a.C.) nos encontramos con su Epodo 16, dedicado al pueblo romano, que me permito el atrevimiento de acomodar a una fácil comprensión moderna castellana, alejándome de la estrofa lírica compuesta por dos versos desiguales latinos:

“Pasada ya la edad de guerras cívicas/ se pierde y se quebranta/ y con sus propias fuerzas/ húndese Roma: la que ni los limítrofes Marsos a arruinar alcanzaron/ o la pujanza Etrusca…"

¿No parece la situación actual del formidable imperio norteamericano, cuyos jefes se empecinan en una guerra fatal, peor que Viet Nam? ¿No se trata de aquello de que “cuando la hormiga se quiere perder, alas le quieren nacer?”

Por más que se quiera disfrazar ¿no es una guerra movida por intereses económicos, sin tomar en cuenta la potencia de la fe islámica –equivocada o malentendida talvez (yo creo que sí, que está tan mal entendida como la fidelidad de los Cruzados o de los Inquisidores “cristianos”).

El caso es que se sigue con las mostrencas pero aún eficaces excusas y explicaciones mal pintadas de dignidad y nobleza.

Es que siempre todo se ha hecho a nombre del bien. Contra el mal.

Los alemanes –tal vez los menos indicados para hablar de tales cosas– han llamado “teufelkreiss”, círculo diabólico, a esa malignidad que se retroalimenta, que se muerde la cola para cargarse de furor e ira.

¿Hemos progresado cuando para matar al enemigo no es necesario enfrentarlo riesgosa y valerosamente con una espada, un hacha o una lanza, sino que desde muy lejos lanzamos cohetes cargados de masiva muerte?

Ciertamente no todo fue mejor antes. Pero no todo fue peor.


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