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En el misterio del arte

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
A Manuel Rueda en el recuerdo.
Fue por los años cincuenta por la mitad del siglo veinte- cuando yo andaba por los veinte años de edad, que el más ilustre y glorioso de nuestros violinistas, Gabriel del Orbe, reverenciado en los grandes escenarios de Europa y víctima de una depresión que se llevó en volandas las energías requeridas por la creación artística, me expresó con gran tristeza su dolor por la fugacidad del arte. Me dijo: Los sonidos y sensaciones emocionales que logramos con tanto trabajo
años y años de disciplinados y terribles esfuerzos se evaporan en el aire. A lo sumo queda un disco que recoge una parte que no es la más importante de lo que hicimos transidos de emoción. Más o menos estas fueron sus palabras.
Tuve el atrevimiento de decirle que la emoción no se olvida y que a veces se agiganta con el tiempo. Pero él sonrió con una tristeza asentada y suave.
Mi admiración por el arte musical ha ido creciendo hasta llevarme al más aperplejante desconcierto. ¿Cómo es posible escribir en pentagramas esas complejas multitudes de notas, cargadas de inexplicables sugerencias emotivas? ¿Cómo es posible que el intérprete sensible y técnicamente bien dotado pueda hacer vivir nuevamente la infinidad de sutilezas, el caudal de precisos y exactos y fieles sentimientos que se apoderaron no importa cuánto tiempo hace- de un inspirado compositor?
Es el misterio del arte que, por supuesto, no se limita a la música aunque ésta encierre un arcano mayor.
Existe una historia traducida de un viejo manuscrito, que refiere los últimos instantes de Lao-Kung, un anciano pintor. Ya sintiendo que estaba en el momento de su partida pidió que sus discípulos se reunieron a su lado para verlos una vez más y poder bendecirlos. Vinieron y encontraron al viejo pintor en su estudio, sentado frente a su caballete.
Tan débil estaba que ya no podía sostener el pincel, pero se negaba a abandonar sus pinceles y pinturas que le habían acompañado durante todos esos largos años. Justo es que me encuentre junto a ellos a la hora de partir. Los discípulos se arrodillaron a su lado y algunos, no pudiendo contener por más tiempo su dolor, rompieron a llorar. Lao- Kung, extraordinariamente sorprendido, les preguntó: ¿Qué es eso, hijos míos? ¡Ustedes han sido convidados a una fiesta! ¡Han sido invitados a compartir la única experiencia sublime que le está permitida al hombre disfrutar por sí mismo!
Uno de los discípulos le dijo: Amado maestro, te suplico perdones nuestra debilidad, pero sentimos tristeza cuando meditamos acerca de tu suerte, porque no tienes mujer que te llore, ni hijos que te lleven al sepulcro y hagan ofrecimientos a los dioses. Has trabajado todos los días de tu vida como esclavo, pero el más bajo traficante en moneda de nuestro más humilde mercado ha acumulado mayores recompensas materiales por sus labores indignas que cuantas jamás hayas encontrado en tu camino. Lo diste todo a la humanidad y ésta lo ha tomado todo sin preocuparse de tu suerte. ¿Ha sido esto justo? ¿Te han demostrado los dioses alguna clemencia? Queremos preguntarte, nosotros que debemos continuar cuando tú hayas acabado: ¿Era necesario en realidad este gran sacrificio?
Entonces el anciano levantó la cabeza para responder con el rostro radiante como un conquistador en el momento de su mayor triunfo: Ha sido más que justo lo que me han permitido los dioses. He empleado cerca de cien años en vivir sobre la tierra
es verdad que no tengo parientes ni amigos. A menudo pasé hambre, pero renuncié a toda esperanza de medro personal para poder dedicarme mejor a mi labor. Volví deliberadamente la espalda a cuanto pudo haber sido mío con sólo haber querido que se enfrentasen la astucia con la astucia y la avaricia con la avaricia, pero siguiendo mi ruta he logrado el más alto fin a que puede aspirar cualquiera.
Entonces el mismo discípulo que había hablado antes murmuró: Amado maestro, como una bendición postrera, ¿nos dirás cuál es el más alto fin al que puede aspirar el hombre?
Lao- Kung se levantó trabajosamente y cruzó el estudio hasta donde se hallaba su más amada pintura. Era una brizna de hierba. Un trazo rápido del pincel, pero vivía y respiraba. He aquí mi respuesta. Me he hecho al igual que los dioses porque yo también he tocado el borde de la eternidad. Dicho esto, bendijo a sus discípulos y expiró.
El anciano maestro chino nos deja la lección. El verdadero artista es el único que puede tocar el borde de la eternidad. Los sentimientos plasmados por medio del arte, en sonidos, en colores, en trazos, atrapados entre las palabras de sensibles escritores, no perecen.
Tocan el borde de la eternidad. |
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