2 de Septiembre del 2002 • Edición número 1,270
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Rosa Montero

Alice y la heroicidad


La noticia salió hace un par de semanas en la prensa: Alice Knight, una británica de 108 años, se había dejado morir con una huelga de hambre en protesta por haber sido cambiada de asilo. Antes se encontraba en un centro público para ancianos en el que, según la familia, había vivido seis años 'felices'. Pero esa residencia fue cerrada por falta de fondos y Alice tuvo que ser trasladada a un centro privado. La mudanza le hizo sentirse tan a disgusto que dejó de comer y de beber. Sus familiares y los médicos intentaron animarla, pero Alice, que al parecer estaba estupendamente de salud y sólo padecía de la vista, prefirió acabar con su situación. Tras quince días de huelga consiguió morirse.

Tal vez a ustedes esta historia les resulte tristísima e incluso espeluznante o aterradora; pero la verdad es que a mí me parece de lo más alentadora y maravillosa. Imaginen todo lo que supone este relato: en primer lugar, que Alice llegó a los 108 años con salud y cabeza, con suficiente juicio y capacidad de disfrute de la vida como para haber sido feliz en una residencia e infeliz en otra. No era un vegetal, como algunos ancianos por desgracia son cuando el deterioro los derriba; era una persona total, con discernimiento y con voluntad, y esto último es lo más admirable, porque a los ancianos solemos mangonearlos como si fueran niños, tendemos a ignorar sus decisiones y a resolver por ellos. Pero Alice no se dejó arrebatar las riendas de su vida; a los 108 años seguía controlando su destino hasta tal punto que escogió el momento y las circunstancias de su muerte. En fin, a mí todo esto me parece un logro monumental, un triunfo envidiable frente al tiempo, el azar, la decadencia. Me hubiera encantado conocer a Alice de joven: seguro que fue una persona fascinante, una mujer de órdago.

Hablo a menudo de la vejez porque es el lugar en donde vamos a pasar nuestro futuro (si es que tenemos suerte y no palmamos antes); un lugar que, además, se está haciendo más y más grande cada día. Un reciente estudio publicado en la revista Science sostiene que la Humanidad está envejeciendo mucho más rápidamente de lo previsto. Es decir, que las expectativas de vida del mundo industrial suben como la espuma, de manera que cada vez nos morimos más ancianos. Hoy, las mujeres españolas tenemos una media de vida de 82,5 años y somos las segundas más longevas del mundo, tras las japonesas, que alcanzan los 84,6; la media de los hombres españoles desciende hasta los 75,3 años, lo que les coloca en el puesto undécimo del ranking (los primeros son los islandeses, con 77,8).

Aparte de que resulta muy curiosa esa notable diferencia entre sexos (los varones no alcanzan la media de los 80 años en ningún lugar, mientras que las mujeres superan esa cifra en 17 países), lo cierto es que estamos hablando de edades muy avanzadas. En las próximas décadas, muchos ciudadanos occidentales vamos a ser muy viejos. Será una especie de explosión demográfica de la tercera edad y no sé si la sociedad va a estar preparada. Somos las generaciones de la frontera, y me temo que no habrá asilos, ni estructuras de apoyo, ni recursos sociales suficientes. Desde luego no nos estamos preparando para ello; en el Reino Unido, por ejemplo, como ha puesto en evidencia la historia de Alice Knight, numerosos asilos públicos están cerrando por falta de fondos. De hecho, en ese país se han perdido 50.000 plazas públicas para ancianos en los últimos cinco años. Es como para que Blair se muera de vergüenza.

Pero no, no se abochorna lo más mínimo, ni él ni el resto de los dirigentes occidentales, que no parecen prestar la menor atención a los mayores. La vejez es un lugar sin lugar, un tiempo invisible. Las biografías de la gente ilustre se extienden en la niñez y la juventud, se aprietan en la madurez y despachan la vejez en un par de páginas finales, resumiendo veinte años en un solo párrafo. Aparentemente la vejez no existe; pero la cuestión es que sí existe y está ahí, esperándonos. Es una época difícil y al mismo tiempo una culminación. Es el glorioso o sombrío remate de nuestra existencia, el momento de la verdad, una heroicidad que se vive en silencio. Y, si no tenemos en cuenta a los ancianos, será una edad cada día más dura, más callada y más épica.



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