4 de Febrero del 2002 • Edición número 1,240
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El Presidente Mejía
y el callar por miedo

[Quiera Dios que el Presidente Mejía comprenda que debe controlarse. Que la palabra no es aire caliente, sino energía contundente. Más en su posición]



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

No. Me niego a tenerle miedo al Presidente de la República. ¿No lo elegimos nosotros, el pueblo, para que nos represente dignamente?

Poco a poco, paulatinamente, lo que parecía un apego cariñoso a expresiones campesinas --que suelen ser limpias y de sabiduría honda-- se ha ido solidificando como una intransigencia ante la discrepancia. Y uno se asombra. Porque el terrible Generalísimo Trujillo, de origen incomparablemente más humilde que el agrónomo Hipólito Mejía, cuidaba sus palabras y no hacía alardes de un errático descontrol punitivo verbal --que es poderosísimo en un Presidente latinoamericano.

Entonces había un orden. Maldito, pero un orden y una formalidad. Además las cosas estaban claras. Vivíamos una dictadura feroz. El que criticaba, aunque fuese sutilmente, al dictador o era "frío" en sus elogios recibía algún tipo de castigo que iba de lo leve a lo terrible. Podía ser que se publicara en el "Foro Público" del diario El Caribe que cierto funcionario había hurtado muebles de la Cancillería, o inventarse términos como "cuchipandeo" para aludir a imaginarios doble juegos de un alto funcionario incapaz de hacer otra cosa que bien en defensa del régimen. Y luego Trujillo se reía de sutilezas que pasaban desapercibidas para quienes no tenían acceso a las interioridades ministeriales y palaciegas.

Al Presidente Mejía lo irrita que le hablen del uso de los bonos soberanos y del destino de los Juegos del 2003.

En verdad nadie, ecuánime y justiciero, cree que el actual Presidente sea capaz de robarse un centavo. Ni de los bonos ni de ninguna otra fuente.
No se explica, entonces, que se irrite de tal manera cuando le solicitan que explique el uso que se le ha dado a esos millones de dólares. Nadie lo está acusando de apropiarse de fondos estatales. Mejía, que tanto protesta y se enfada, goza de la confianza pública en cuanto a su honradez personal. La gente dice: "Ese no se roba ni un plátano".

Pero su intransigencia presidencial, fuera de contexto y propósito, nos abruma cada día más. Quien no está de acuerdo con él es "un baboso, un azaroso o un irresponsable sinvergüenza".

Ahora le aplicó sus términos a la revista británica, de difusión mundial, "The Economist", la cual asegura que en el país no existen mecanismos institucionales para monitorear el destino que se le da a los bonos soberanos.

Si los famosos --y para muchos desagradables— bonos soberanos son utilizados pulcramente ¿por qué enojarse? Basta explicar el buen uso que se les da y agradecer la atención que tan prestigiosa publicación internacional otorga a nuestro país. ¿Quién podría haber imaginado que un Presidente de la República, en respuesta a una inquietud internacional y sobre todo nacional, pudiese hacer uso de términos como "sinvergüenza, irrespetuoso, irresponsable y baboso"? (Hoy, 20 de enero 2002, primera página)

A pesar de un Consejo de Gobierno ampliamente televisado hace pocos días, donde uno quedó regocijado por la eficacia del Gobierno por los logros formidables de los ministerios, por la incuestionable virtud de las gestiones estatales, por la bonanza económica (sin embargo había muchos sueldos estatales correspondientes a la primera quincena de enero sin pagar y las carencias en las oficinas gubernamentales lo dejan a uno patidifuso), el panorama nacional --aunque mejor que muchos otros de este continente y de otros-- no es bonancible. Ni justiciero.

Si alguien, como el señor Rafael Camilo, considera que los fondos de los bonos soberanos no han sido utilizados adecuadamente, ¿no es lo más justo explicarle con detalles al pueblo, que al fin de cuentas va a ser quien pague las deudas que benefician a cada gobierno en función?

Repito. Los dominicanos confiamos en la honestidad personal de Hipólito Mejía.
Pero eso no basta.
Y preocupa su intolerancia.

Estoy empezando a notar síntomas de autocensura. Los mismos ministros del gobierno --a quienes, por lo visto, no se les pone atención-- rehúsan opinar sinceramente.

¿Y para qué están sino para opinar y actuar a favor de una coherente política nacional, beneficiosa y sana, fundamentada en sus experiencias y conocimientos? ¿Qué son los secretarios de Estado, sino asistentes en la función de una maquinaria estatal sensata y bien dirigida?

Si no pueden hacer más que aprobar, aplaudir o callar sus opiniones ¿para qué sirven?

Tengo la impresión de que el Generalísimo escuchaba con mayor atención que el democrático Presidente Mejía. ¿Vamos hacia una nueva versión del autoritarismo intransigente ?

Quiera Dios que el Presidente Mejía comprenda que debe controlarse. Que la palabra no es aire caliente, sino energía contundente. Más en su posición.

¡Tengamos cuidado! Estamos empezando a callarnos por miedo.


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