Kant, Rousseau, el arzobispo Usher y otros majaderos

La estupidez es uno de los atributos humanos por excelencia, un valor universal que traspasa sexos, edades, épocas y fronteras. Los estúpidos solemnes son pomposos, jerárquicos, con hambre de pedestal y vanidad marmórea, con un no sé qué académico o cardenalicio.
Por Rosa Montero
Tengo la deprimente sensación de que la estupidez se expande sobre la Tierra en progresión geométrica. Se diría que cada vez hay más necios, aunque también cabe la inquietante posibilidad de que los necios estén ahora mejor colocados; que hayan ascendido, a lomos de su memez, hasta las más altas posiciones sociales, y que al ser tan visibles parezcan más numerosos. En cualquier caso, no conviene confiarse, como advirtió muy bien el economista Carlo M. Cipolla en su genial ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana (incluido en el libro Allegro ma non tropo, editorial Crítica) al redactar su Ley Fundamental Primera: Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
Ciertamente la estupidez es uno de los atributos humanos por excelencia, uno de los mojones de nuestra especificidad, un valor universal que traspasa sexos, edades, épocas y fronteras. Con el corazón en la mano, ¿quién no se ha portado alguna vez como un completo estúpido? Claro que esa tontuna transitoria no es lo preocupante. Lo terrible, lo atroz, es la estupidez estructural. Aquella que forma parte de la definición de la persona. Y aun así, dentro de esta estupidez consustancial se pueden distinguir varias subespecies. Por ejemplo, uno de los ejemplares más irritantes es el tonto notorio, que es aquel que se hace notar mucho; nunca sabe gran cosa, pero discute de todo con estridencia, y cuando no discute, atiza a la concurrencia con la desparramada verborrea de sus razonamientos, que, como es un idiota, son penosos.
Luego están los estúpidos solemnes, que quizá acaben siendo los más peligrosos, porque suelen llegar muy alto en la sociedad. Éstos hablan poco, pero actúan. Y de los actos de los necios líbrenos el cielo, porque pueden provocar auténticos desastres. Los estúpidos solemnes son pomposos, jerárquicos, con hambre de pedestal y vanidad marmórea, con un no sé qué académico o cardenalicio. Por ejemplo, seguramente pertenecieron a esta categoría el arzobispo Usher y el doctor Lightfoot, de la Universidad de Cambridge, que en la Inglaterra de principios del siglo XIX hicieron ciertos cálculos sesudos y fecharon la creación del mundo exactamente a las nueve de la mañana del 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Esta necedad espectacular, una de las más redondas que conozco (la cuentan Desmond y Moore en su biografía de Darwin), se incluyó como verdad indiscutible en numerosas Biblias y circuló durante cierto tiempo.
También hay muchos idiotas perezosos, que son aquellos que tal vez tengan cierta materia gris (otorguémosles el beneficio de la duda), pero que son demasiado vagos para usarla. O quizá demasiado medrosos, porque pensar por uno mismo te coloca a menudo en una situación solitaria y difícil. Estas gentes, pues, pusilánimes, interesadas y acomodaticias, se suben a las ideas de los demás como quien se sube a un autobús. Son fervientes defensores de los lugares comunes, de los valores dominantes, de la burocracia y la rutina. De este tipo de necios se nutren las masas linchadoras. Pedro Voltes, en su instructivísima y amena Historia de la estupidez humana (Espasa Calpe), recoge varias memeces de esta clase; me interesó especialmente la extendida y vieja costumbre de someter a juicio a los animales. Por ejemplo, durante muchos siglos, cuando un individuo era pillado cometiendo bestialismo, el pobre bicho al que había sodomizado era enjuiciado, torturado y quemado vivo junto con el humano. Lo que ya no sé es si en las actas del proceso constarían también sus declaraciones.
Con todo, una de las estupideces más inquietantes y extendidas es la que provoca la sombra impenetrable del prejuicio. Porque el prejuicio es como un eclipse del cerebro: aquella parte del pensamiento que se sumerge en las tinieblas del eclipse queda completamente idiotizada, y esto sucede hasta en las mentes más agudas, de ahí lo peligroso de este síndrome. Citaré como muestra el prejuicio machista, que, como comprenderán, me interesa muchísimo, y que ha torrefactado muchas cabezas ilustres. Por ejemplo, Rousseau, tan revolucionario él, decía que una mujer sabia es un castigo para su esposo, para sus hijos, para todo el mundo. Kant, que en las demás cosas no parecía idiota, sostenía que el estudio laborioso y las arduas reflexiones, incluso en el caso de que una mujer tenga éxito al respecto, destrozan los méritos propios de su sexo. Y el filósofo Locke, defensor de la libertad natural del hombre, consideraba que ni los animales ni las mujeres participaban de esa libertad, sino que tenían que estar supeditados al varón. Si pensadores tan brillantes llegaron a soltar tales majaderías nublados por el prejuicio, cabe imaginar los destrozos que este mal origina en la mente común.
Luis Otero ofrece algunos ejemplos de ese estropicio en su desternillante obra He aquí la esclava del señor (Ediciones B), un álbum que recoge las burradas machistas del franquismo. Reproduciré tan sólo unas poquitas perlas: La mujer casada que no quiere caer en las aberraciones del onanismo ni que su esposo caiga tampoco en el mismo vicio, no debe negar nunca a su marido el débito conyugal, y para ello la favorece la estructura especial de sus órganos, que no necesitan preparación ni la presencia siquiera de deseos para efectuar el coito, decía el doctor Algora Gorbea en 1964. En general, todo trabajo que requiere teoría, reflexión, fineza de juicio, espíritu de iniciativa y de empresa es incompatible con la mujer, sostenía en 1955 el jesuita Francisco Peiró. Si conseguís establecer una especie de telepatía a la hora en que penséis lo que tenéis que hacer para comer entre vuestros pensamientos y los del marido: es decir, que si el hombre, al llegar a casa, al mediodía o a la noche, encuentra en la mesa el plato en el que había pensado con ilusión unos momentos antes sin decírselo a la esposa, entonces habréis adelantado mucho en el camino de la felicidad, meloseaba glotonamente el escritor Alberto Pedrosa en 1956. El desfile de memos es interminable.
Ya lo dije al principio: la estupidez abunda más que el aire. Es algo tan común, en fin, que hasta mi creciente irritación ante los estúpidos empieza a parecerme un signo sospechoso, tal vez una manifestación más de la idiotez. Tengo la impresión de que el intento de la naturaleza de crear en este mundo un ser pensante ha fracasado, dijo Max Born, uno de los físicos más importantes del siglo XX. Y estas palabras del viejo premio Nobel son de las pocas cosas que no suenan estúpidas.